Equilibrando balanzas

Guardo con lucidez ese momento en mi memoria. Estaba en segundo de secundaria, habré tenido unos 13 ó 14 años. Era clase de redacción y ante la entrega de una tarea la maestra, sentada desde su escritorio, me volteó a ver y me dijo: “tienes talento para esto”. El comentario me sorprendió y es algo que he preservado dentro de mí desde entonces. El efecto de su comentario positivo me dio seguridad en mí misma y, sobre todo, hoy entiendo que fue un susurro entrelíneas que me decía: “nunca dejes de escribir”. En mayor o menor medida nunca he dejado de hacerlo, pero siempre he dejado de leer.

Durante mi licenciatura la pregunta introductoria que hacían todos los maestros y maestras me fastidiaba. “¿Por qué decidiste estudiar comunicación?” La respuesta honesta es que no lo sé, no tengo ni la menor idea de por qué tomo las decisiones que tomo y sí, me queda claro que mi toma de decisión de carrera es algo que afectará el resto de mi vida pero no lo sé. Yo sólo sé que me gusta el cine y que consumo películas como si fuera el único alimento que me sostiene con vida.

Más avanzada la carrera, en mi universidad, a la licenciatura de comunicación la dividían a lo que ellos titulan ‘subsistemas’. Desde el primer semestre yo estaba completamente segura que yo optaría por el de cine. Y entonces otra vez ahí estaba la pregunta. “¿Por qué elegiste el subsistema de cine?” La realidad es que en el ambiente se respiraba un aire de complejos intelectualoides en donde era obvio que todos (sí, todos, solamente con O) respondían: “porque quiero ser director de cine”. La intimidación que me provocaban esos compañeros devino en que mi respuesta, aunque falsa sobre mis deseos reales, siempre fuera: “quiero ser crítica de cine”. Ante mi respuesta, recuerdo que más de uno se burlaba.

Más avanzada la vida se me atravesó una revista especializada en cine donde hacían la invitación al público en general a escribir bajo la ideología de que cualquiera puede hacerlo. No dudé en acercarme al editor quien inicialmente me publicó en dos ocasiones. Quise una tercera publicación y entonces el varón en cuestión fue directo y tajante: “tus textos no están a la altura académica de nuestra revista. No puedo seguir publicándote”. Estoy segura que ese correo electrónico ha de seguir en algún lugar de mi bandeja de entrada.

Recientemente, a raíz de un texto que me publicaron en un medio electrónico sobre una película, varias amigas se han acercado a decirme que escribo bien. Yo siempre les refuto el comentario. “Redacto bien, no estoy segura que eso sea lo mismo que escribir bien. Pero lo hago”. Antes de ponerme las gafas moradas, las cuales me han aclarado un mundo del cual nunca fui consciente que existe, el patriarcado fue insistente conmigo. Más de un hombre en más de una ocasión me lo dijo: “si quieres ser crítica de cine te tienes que poner a leer”.

Mi historia con la lectura siempre ha sido ambivalente. Me gusta leer y a la vez no. Reconozco su importancia pero no la aplico. Me engancho con un libro pero no lo termino. Me he vendido a mí misma la idea de que tengo una pobre lectura de comprensión y que esa es la razón de por qué leo tan poco.

A raíz de que inicié mi camino en el feminismo no había leído tanto como desde que cursé la licenciatura. Entender el patriarcado y las numerosas deudas históricas que los hombres nos deben a las mujeres me ha incitado a leer mucho más y cuando lo hago todas las piezas del rompecabezas se acomodan. Quizás no es que antes me haya costado mucho leer, sino que leer a mujeres me hace mucho más sentido que leer a varones. Leer a mujeres es algo que siento dentro de mí, me resuena desde mi vulva hasta lo más profundo de mi psique y entiendo perfectamente todo lo que están diciendo. Las autoras mujeres hablan por ellas y por mí desde lo identitariamente femenino para llevarlo hacia lo genéricamente humano; porque a pesar de partir desde diferentes realidades y latitudes, en el fondo todas entendemos la experiencia de ser mujer desde que nacemos. Es algo que opera en un plano más allá de lo racional. Es algo que vive y respira adentro de las cuerpas de mujeres.

Siento identificación.

Hoy soy feminista y hoy sé que para escribir no tengo que leer sino regresar a mí. Escribo por mí, para mí, para expresarme ante mi propia vida. ¿Y qué que mis textos no tengan altura académica? Esa medida la establecieron los hombres. Escribo porque esa posibilidad se nos fue negada a las mujeres durante siglos. Escribo no por trascender como Sor Juana o como Virginia, sino para registrar quién soy yo, Cari, Carime (sí, con C). Escribo por si a alguien en mi linaje le despierta curiosidad saber quién fui yo, esa la que iba a marchas feministas en Reforma. Escribo para yo misma saber quién soy.

Soy memoria.

Escribo para reivindicar a mi madre y a mis ancestras. Mi mamá es una ardua lectora quien consume libros como yo películas. Ella solamente tuvo oportunidad de estudiar hasta la preparatoria. Por más que lea es tímida e insegura para dar su opinión sobre los textos; siempre me dice que no tiene la preparación académica para compartir su punto de vista. Le explico una vez, le vuelvo a explicar, sigo explicándole: “Ma, eso no importa. Aquí, en el feminismo, estás segura. Aquí tu voz será validada, respetada y legitimada porque dentro de ti también tienes conocimiento”. Cada vez leo más, mucho más, y -ahora- sí termino los libros. Y escribo por ella, para que sepa que hubo ocasiones donde yo también experimenté esa inseguridad pero que gracias al feminismo es algo que estoy dejando atrás.

Escribo porque es mayor mi rabia en contra de todo lo que el varón ha violentado a la mujer y es imperativo, como feminista, seguir despertando consciencias a través de la lectura y la escritura. Leo porque las autoras nombran lo que muchas veces yo no supe que tiene nombre y apellido. Leo a mujeres porque ya leí a muchos hombres. Leo porque las autoras lo hacen con una intención de recepción y yo soy receptiva ante lo que tienen que decirme sobre las experiencias, sentires, pensares y problemáticas de lo que implica ser niña y mujer.

Leo así tenga que hacerle zoom máximo a la pantalla de mi computadora o al tamaño de letra de mi kindle. Hoy leo porque ante la condición de mis ojos no sé si mañana voy a tener vista para poder seguir haciéndolo. Leerlas es hacerles justicia por todo el tiempo que las mujeres hemos sido silenciadas.

Levantarse temprano para salir a trabajar implica un esfuerzo. Tomar el transporte público, llegar puntual a pesar del tráfico, mandar hoy el pendiente que era para ayer. Formar parte de la maquinaria de la productividad capitalista. Sostener una alimentación balanceada y nutritiva, ir al mercado por verduras en vez de ir al Oxxo por una sopa maruchan. Desinfectar las verduras, picarlas, ponerlas en la vaporera. Hacer ejercicio, cardio, una hora de spinning, después yoga o meditación. Hacer planes con las amigas, ¿vamos por un café o una cerveza? ¿Cuándo? Cuando una puede la otra no. Poner en práctica los mandatos de la belleza. Depílate, píntate las uñas, llega maquillada a la oficina. Córtate el cabello, píntate el cabello, haz lo que quieras con tu cabello pero ve al salón de belleza y pasa horas allí. Ve al centro comercial a dar la vuelta, incluso en esa banal caminata hay implícito un esfuerzo.

Leer cuesta porque hay que esforzarse. Escribir cuesta porque hay que esforzarse.

Cuando la vida no alcanza hay que ser selectivas. Yo elijo la selectividad. Elijo poner mi energía y mi esfuerzo en leer y en escribir antes que en otras actividades. Hoy tengo esa posibilidad de elección que conlleva detrás la activación de pensar. Me gusta pensar. Pensar es lo propio de ser humana. Yo, Carime, pienso gracias a que hay una genealogía de mujeres que se rebelaron ante todo lo previamente establecido y con sus textos han hecho valiosísimas aportaciones para la humanidad. ¿Cuántas aportaciones fueron privadas de desarrollarse por culpa de la necedad del patriarcado de relegarnos a los quehaceres del hogar?

Mientras escribo esto mi esposo lava los platos. Hay que seguir equilibrando balanzas. Yo, Carime, también soy agente productora de cultura y eso ya nunca lo voy a olvidar.

Carime Esquiliano Sllim (CDMX, 1989)
– Escribe crítica de cine *con perspectiva feminista y trabaja en la industria cinematográfica nacional.

Feminista abolicionista, cofundadora y vocera de la colectiva "Las brujas del mar"

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