La burocracia de la negación

Por Claudia Elisa H. Blengio

Una tarde de miércoles en el Bosque de Tlalpan, sucedió esta conversación:

Acteón: ¿Recuerdas ese artículo donde Giegerich discurre sobre la angustia? critica a Robert Romanyshyn, por señalar que desde la angustia escribió sobre el derretimiento de los polos, argumentando que cuando se tiene miedo, ni siquiera se puede hablar del mismo. Giegerich habla de dos tipos de pensamiento en Jung, el primero explica que estar en contacto con la angustia es un proceso ético en el cual se expresa nuestra infinita obligación para con la otra/otro, el segundo tipo de pensamiento señala que cuando se tienen emociones no estás adaptada, ¿Lo recuerdas? Sucede que eso me ha llevado a pensar en el silencio al que me arrojaron las acusaciones de Fausta, aún no puedo comprender claramente cómo es que se atrevió a acusarme de tal cosa para luego exiliarme de su vida…

Ariadna: Claro, claro que lo recuerdo! De hecho, Acteón, ese fue el claro ejemplo de que el contexto siempre importa, y el análisis del discurso, también, pues ella lanzó esa acusación tremenda cuando su novia supo de sus traiciones,  entre ellas, el affair que tuvo contigo…

Acteón: Tienes razón, ahora que lo recuerdo cuando su novia me escribe para decirme que todos los años de amistad entre nosotras le parecían una falsedad, aunado a que no podía creer  lo que estaba sucediendo, las dos nos encontramos  sumidas en un dolor crudo. Le dije que al menos podría explicarle, lo que a mi parecer había sucedido, entonces me dio derecho de réplica ¿No te conté? nos encontramos en el Centro de esta ciudad… entonces ella, la novia de Fausta, me explicó que a su regreso al país no comprendía la distancia que existía entre todas las amigas, incluidas Fausta y yo, y que al increparla, ella explicó que se había sentido acosada por mí…. Cuando escuché aquello, me sentí paralizada, en ese momento se distorsionaron por completo las memorias y las sensaciones que albergaba alrededor de mi vínculo con Fausta…le dije: ¿en serio te dijo eso? ella me escribía que me amaba, me besó el día de mi cumpleaños frente a todo mundo, pero debes saber que siempre sugerí que habláramos con la verdad, pero ella nunca quiso hacerlo… entonces la novia me cuestionó: ¿preferiste guardarle lealtad a ella…? Sí y lo asumo, a veces la pasión tiene cauces que jamás habíamos visto, repuse.  Ariadna, su rostro se transformó… ¿sabes? No podía entenderlo, ni ella ni yo,  este escenario es ligeramente distinto  a los tradicionales, porque estamos hablando de contextos lésbicos, obvio replicamos mucha basura patriarcal, machista, pero las más de las veces estamos en condiciones de igualdad, tú sabes cómo era Fausta, una persona, que, por muy patriarcal que suene, seducía a todas las amigas, para después fingir que nada pasaba… eso es mucho de la histeria ¿no te parece? Freud tuvo un gran acierto en eso de las estructuras psíquicas, Fausta oscilaba entre la histeria y la perversión, me refiero a lo perverso como rasgo de personalidad, además me había confesado secretos e intimidades difíciles de gramaticalizar… ¿cómo era posible, que para librarse de sus propias acciones prefiriese acusarme de algo tan delicado? Todo cae por su propio peso, y lo supe en ese instante, y volví a casa. Durante muchos meses no podía entender qué sentía, rencor, tristeza, dolor, decepción, insilio,  me parecía que ella negaba lo que habíamos vivido/sentido. Ahora comprendo que sus acciones me silenciaron/ neutralizaron/ paralizaron, no me permitieron ningún movimiento ¿sabes? fue como una tortura, ese mecanismo busca no sólo o exclusivamente destruir a la víctima física sino psíquicamente, comprendí con mucho dolor el nivel de violencia que aplicó al negarme la posibilidad de diálogo y cómo sus afirmaciones me llenaron de miedo arrojándome al  silencio, por lo que podría suceder después frente a las personas, en general frente a lo colectivo, a las feministas, a la gente, a mi familia, a mis amigas, frente a todo… ¿cómo te defiendes de una  acusación de esa naturaleza? Para quienes no me conocen obvio le hubiesen creído a ella. Un año después comprendí que como escribió Audre Lorde: “el silencio no te protegerá”, entonces le mandé un correo electrónico diciéndole que su acusación no era cierta, temí profundamente  por lo que pudiese pasar, sobretodo porque en la acusación había una trampa; si yo intentaba buscarle y decirle: eres una culera tú sabes que eso no es cierto ¿Por qué me has difamado de esa manera?… su acusación podría tomar forma… hasta ahora lo supe, entonces, estuve en el miedo, no podía moverme. En su momento me destruyó, transgredió incluso puntos esenciales que había elegido compartir con ella. Pensaba en cómo me vulneró constantemente durante la existencia de nuestro vínculo… pero no sólo era eso… no es que me hubiese simplemente vulnerado… sino que fue más allá… al grado de neutralizarme… y entonces ahora sé… como dice Giegerich (Wolfgang) que yo estaba en el miedo… tuve miedo de alguien a quien amé entrañablemente y con quien había compartido dimensiones únicas,  pero ya no lo tengo… aquí estoy, completa, y siento que no usé estrategias vulgares o mezquinas desde la cobardía, entonces al recibir el correo, me respondió que jamás la volviera a buscar, parecía que sus palabras contenían un toque pasional.

Ariadna (se ríe): Te entiendo bien, yo he vivido con mucho miedo, es lo que podría considerarse en psicología como trauma,  y sé lo que es sentir que alguien te vulnera de esa manera, pero yo te apuesto que el miedo que tú sentiste, es nada…es nada,  pese a que es muy grande, comparado con el miedo que tuvo ella antes de comportarse como lo hizo, te apuesto a que ella lo hizo por un temor horrendo que tiene a vivir. Incluso pienso que a ella la torturó su mamá y luego ella te torturó a ti, entonces así es como aplica la burocracia del poder, su madre le negó el amor y ella te lo negó a ti y así… lo sé, es horrible, y así es como se sigue reproduciendo ese ciclo, pero hay que romperlo, no teniendo miedo o acaso enfrentándolo, aunque eso sea letal.

Acteón: Anda… tengo memorias donde ella me contaba de acciones que su madre tuvo hacia ella, acciones tortuosas, sí, es posible rastrear un origen de toda esta cadena… ahora que me ha negado, y ha negado la posibilidad de diálogo me gustaría leerte un poco de lo que le escribí a lo largo de años y que nunca pude entregarle, esto que te cuento es un epílogo de terror, la historia es larga, incluso antes de encontrarte en el laberinto, atravesé lugares sórdidos a causa de sus acciones y mis malas decisiones, igual siempre tenía miedo también de escribir pero al menos me liberé, pues eso no me lo pudo quitar.

Ariadna: ¡Claro! Léeme, como cuando fuimos al río de los Dinamos…

Acteón: “Nunca imaginé que nuestros cuerpos (juntos) desembocaran hasta este lugar tan sombrío… el deseo fue un elemento elegante, preciso;  es lo que pudo embellecer una noche tan obscura (y plena). Lo que hemos vivido a través de estos años, delineó… tu lugar en mi cuerpo. Pero tu cobardía y tu ausencia, fragmentaron dichas líneas… (Algo que nadie sabrá… es que había guardado un corazón sólo para ti…)

No sé porqué tan lejana si cuando te acaricio, tu cuerpo se deshace en mis manos… Me precipité en un abismo al saber que tu amor no existe más… El “destino” no nos llevó lejos de las percusiones, la banca de aquel parque donde nos sentamos no se pareció en nada a la cama que nos arropó unas semanas antes… Eso fue decepcionante… tus variables fueron las mismas… desprecio, silencio, la duda, la confusión y los dichos del inconsciente… fue una desventura escucharte hablar…

La seducción, corrijo: tu seducción, por muy patriarcal que suene, me angustia y fue un hecho por no decir trágico, usaré la palabra fatal… No pude vivir, con la acuciosa seducción de una diosa que jamás quiso rozar la dimensión humana del amor. No conocimos ni la primavera ni el amor porque a la primera flor, de tanta belleza, la extirpaste y arrojaste al fuego (y qué fuego). Nada de eso volverá a florecer, ello evidentemente me toca a mi… aunque con los años preferí dibujarte un paisaje, en silencio y con miedo.

Has levantado barreras infranqueables… Al interior de ellas todo se ha incendiado… y  lo que escurre me parece triste y descompuesto… Es lo que decidiste guardar… por y para siempre… incluido el resentimiento, traducido en desprecio… por mi parte, levantaré los mares, que todo apaguen y te lleven con ellos… pues tu venganza fue, decirme, sin articular palabras:  “Porque no siento ya nada por ti más que lo ordinario, me desnudo y te permito casi todo lo que quieras… menos hacerme sentir…”

Después de aquello vino el epílogo:

Había perdido temporal o relativamente a mi Afrodita y a mi Ariadna, compañera del amor y compañera del laberinto, generalmente vivo en la dulce melancolía de anhelar o recordar lo que no pude retener. Fausta había sido la primera Artemisa de mi vida, y mi  historia con ella representó la negación del infinito, la imagen de lo que no se reanuda, de lo que se muere, es lo más antinatural que he vivido, fue la negación de lo que está vivo, de la pasión, incluso me parece la experiencia más nihilista; sospecho que el rencor se instaló temprano en ella y eso le generó un odio amargo, una agresividad que la llevaba al deseo de disolver su vínculo conmigo como en algún punto del camino logró hacerlo, lo cual se ganó mi total y completo respeto -porque, ahora, soy feminista-.

No podría decir que me gustó desde que la vi por primera vez, pues para entonces, el feminismo ya había empezado a ajustarse dentro de mí, pero su mirada me raptó en un sentido amplio. La timidez y el silencio son rasgos que de ordinario me atraen; ella contaba con ellos.

Hay temporadas que me ha parecido importante rescatar los contextos donde acontecieron nuestros encuentros y desencuentros, entonces puedo recordar con susceptibilidad pero de manera abrupta, que su presencia o ausencia opacaban lo que me rodeaba y sostenía, nuestro vínculo se revisitó de una fuerte comicidad e ironía hacia la vida, y eso me ha hecho pensar que por ello, sólo la tragedia pudo ser el correlativo de tan desventurado amor y tan infranqueable pasión.

Sería tedioso explicar que tanto ella como yo teníamos relaciones de pareja paralelas bajo contratos de exclusividad, y nuestros encuentros eran secretos,  aunque ocasionalmente sólo nos encontrábamos para contemplarnos, como una noche en la intangible y vibrante Escuela Nacional de Antropología e Historia; no puedo recordar bien lo que hablamos, aunque teníamos coincidencias políticas y me parecía una persona ilustrada, su afán por el racionalismo, aunque simpático y plagado de argumentos, a ratos me exasperaba; toda esa parcela de razón en ella se desmoronaba cuando el deseo por ella me sujetaba, ahora entiendo que era un vicio de temprana juventud, empezaba a conocer el deseo ¡qué más grande privilegio para una mujer, y para una lesbiana, (en el patriarcado)! como buena Amazona, no renunciaría a ese deseo, que además, ella me decía, era correspondido.

Nuestros encuentros amorosos/pasionales fueron contados, aunque elegimos construir una amistad que duró por años, éstos  estaban enmarcados en el campo de la traición a nuestras respectivas parejas. Francamente me vomito en el cristianismo y no me calza la moral colectiva, ambos son la cortina donde se trasviste el patriarcado, sin embargo desde la ética comprendo que la traición, la mentira, y el engaño, no deberían de tomar cauce cuando se trata del amor y sin embargo, son altamente recurrentes cuando se establecen contratos monogámicos y no se posee una alta conciencia o voluntad sobre lo que se está acordando; así, las acciones en torno a nuestra pasión lastimaron a otras, a otras que nosotras también amábamos, pero sobretodo, nos dejó muy lastimadas a Fausta y a mí.

En su amargura fue incapaz de verme, pero lo más terrible, incapaz de aceptar su rol como humana dentro de nuestra historia, por eso de ser Artemisa se degradó a una versión tenebrosa de Fausta. Es probable que no me creas si te cuento que un sueño me anticipó  lo que sucedería en el futuro, una pesadilla que incluso al contársela, Fausta con su espeluznante racionalismo, dijo: “eso es imposible”, pero de pronto el terrible sueño cobró terreno en el mundo de lo real. Ocho años después un mensajero, destapó ese relativo secreto entre nosotras, lo cual sólo agudizó el resentimiento que, velado, nos habitaba a ambas; yo le guardaba ese sentimiento porque en mi humanidad no pude explicarme cómo es que ella no se atrevió a darme la mano y saltar, saltar a la pasión que nos embargaba cada tanto. Siento que a ella, como dice la canción de Silvio Rodríguez, le molestaba mi amor y le molestaba el amor que le tengo a otras personas. 

También siento que ella me guardó resentimiento porque cuando más enamorada estaba de mí, yo lo estaba de ella y también de una Reina, a mi no me gusta la exclusividad ni en el amor ni en los afectos, lo que sentía por la segunda era precioso e infinito, lleno de magia y lo que sentía por Fausta me estremecía y me trasladaba a lugares de mi alma, sombríos pero también plenos.

Todo eso podía coexistir dentro de mí y aprendí a vivir así por años. En ciertos momentos buscaba alejarme, esa pasión por ella, además, me rompía profundamente ¿Qué pasaba con ella? Sería una infamia hablar de lo que sospecho que vivía o sentía, sólo me atrevo a decir que durante un largo tiempo,  percibí (y porque lo enunció) de ella hacia mí, un amor profundo, un deseo latente y un respeto que cuando se perdió, encontré un lugar salvaje, imposible de intuir y al que  prefiero jamás volver, y así como una tumba que se cierra para siempre, un día que pudo haber sido cualquiera, a través de la virtualidad, nos despedimos. Ariadna, y no podría decir:  “para terminar…” porque como dice tu canción: todo de pronto vuelve a empezar, no considero que la existencia sea progresista o lineal, al contrario siempre me siento en un eterno laberinto que se convierte en espiral y me conecta con lugares más y más adentro, como me escribiste en aquél poema. Al menos con los años, puedo reconocer con cierta resignación, que el amor que le tuve a Fausta fue altamente importante por dos cosas: la primera, porque me llevó a conocer el amor en el infierno, y la segunda porque me permitió entender quién soy yo.

Ariadna: Entiendo tu tristeza y de tanto que puedo imaginar, en esta tarde me resulta importante resaltar que las mujeres también tenemos una responsabilidad social e histórica para terminar con la pedagogía de la crueldad, en este caso, probablemente las acciones de Fausta no te costaron la vida como a millones de mujeres les ha costado la vida la crueldad y la violencia, sin embargo es una muestra de los lugares menos explorados de la violencia: la que sucede de madres a hijas, de lesbianas a otras lesbianas, de mujeres a otras mujeres, hemos perdido de vista ello y también nos toca mirar hacia adentro… no sé si este sea el tiempo, pero el llamado ahí está.

FIN

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