La peor hija del mundo

“Concurso Lunar sobre historias personales y escritura”

Primer texto seleccionado

– Ya no comas más, Maya – me dijo con una mirada severa.

La vergüenza, vieja conocida a la hora de hablar de comida, se hizo muy presente en mis mejillas rojas. Pero como no sabía que eso era vergüenza provocada por una cultura y familia gordofóbica, lo único que pude concluir era que YO era la que estaba mal. Y acudí a mi emoción dominante: el enojo.

– ¿Por qué? – lo reté ligeramente, nunca fui de las que azotaban las puertas o gritaban “te odio” a sus papás para ir a escuchar rock en sus walkmans, sólo un ligero levantamiento de la ceja izquierda.

– Porque no está bien

– Pero ¿por qué no está bien?

– Porque ya comiste dos

– ¿Y qué importa? Tú ya comiste tres.

– Porque… – y las palabras que siguieron han sido un tema recurrente en terapias, trabajos personales y una gran duda personal – yo no quiero una hija gorda.

There you go.

La Verdad que mi cuerpo había estado temiendo por meses, cada vez que alguno de mis papás me veía comer y movía la cabeza reprobatoriamente, cada vez que el pediatra, desde que tenía 4 años dijo que yo estaba fuera de las tablas y al que, cuando le preguntaron si tal vez mis 6 kilos de sobrepeso se debían a la tiroides, respondió burlonamente “no es la tiroides, es la bocoides”. Mi mamá incluso habló de “coserme la boca”, un procedimiento que, dicen las malas lenguas de mi época infantil, SÍ existía.

Solté de inmediato la garnacha que estaba por comerme, como si estuviera envenenada, porque en cierto modo lo estaba.

Fue como si el mundo se volviera gris de pronto.

No. Gris no.

Rojo. Inseguro, peligroso, traicionero.

Esa fue la primera vez en 9 años en que en mi cerebro entró la posibilidad de que mi papá dejara de quererme. ¡¿Cómo era posible?! A pesar de los cariños y las cosas bonitas que me traía de sus viajes, a pesar de sus palabras tiernas sobre ser “su princesa”… aún con todo eso, él me acababa de decir que había una posibilidad de que su amor me fuera arrebatado… y tenía que ver conmigo. Con mi peso, con mi cuerpo y mi forma de comer.

La mala noticia era el dolor. El dolor de que exista algo que puedas hacer en la vida para que tu papá no te quiera. No, qué miedo. Mejor nos alejamos de ahí.

La buena, es que, todo está en tus manos. Sólo deja de comer (aunque tu propia madre tenga un trastorno alimenticio), haz ejercicio (ese que odias porque odias los deportes y eres torpe con cualquier forma esférica de cualquier tamaño, peso y color) y disfruta el proceso (de hacerte chiquita, de dejar de ocupar espacio, de no molestar). Listo. Iba a ser pan comido… pero light. Y sin gluten.

Mejor, iba a ser… manzana comida.

Hice mi primera dieta a los 9 años. Cereal con leche en la mañana, pollo con verdura en la tarde y manzana con leche en la noche. 9 años. Mi mamá la hizo conmigo. Y duré 5 días, 5 días con una ingesta seguramente menor a 1000 calorías para una niña que está en pleno crecimiento. Recuerdo que el día 5 en la noche salimos a comprar algo en el coche y una patrulla delante de nosotras, con la torreta encendida de pronto me cegó. Me sentí rara, sólo le dije “mami, estoy mareada” y ella me miró profundamente. Puedo ver ahora su propio dolor reflejado en mis ojos, pero ella no pudo verme a mi.

– Es la dieta – sentenció seria – estás muy chiquita para hacer una dieta así – la miré extrañada pero esperando que me levantara el castigo – tenemos que ir con una nutrióloga que te de una buena dieta para bajar de peso más rápido (no por mi cuerpo, no por mi salud, no por mi…), mañana saco cita.

Me puse a llorar y la abracé. No entendía muy bien por qué pero ahora lo entiendo. Recuerdo perfectamente la sensación de alivio de mi cuerpo, como diciendo “gracias, gracias por parar la locura!”

Al siguiente día no pasó nada.

Pero al mes siguiente, mi mamá ya tenía una nueva dieta de la revista de moda que prometía bajar 12 kilos en 1 mes. Obviamente, la empezamos juntas. Así nos convertiríamos en socias de las dietas por 12 años. Lo probamos todo: ayunos, parches, gotas, pastillas, pesando la comida, con ejercicio, sin ejercicio, baja en carbohidratos, sin carbohidratos, la de la luna, la de los ahora elegantemente llamados “green smoothies”… la que quieras, yo la hice. Algunas de ellas con nutrióloga, pero casi todas por sus ovarios.

Crecí pensando, sintiendo y diciendo que mi infancia había sido “la más feliz”. Mi cuerpa “tenía otros datos” y me lo hizo saber hace unos años. Me lo hace saber todavía, cuando reescribo estas anécdotas que viví tan inocente e inconscientemente y lágrimas de mucha tristeza y dolor recorren mis mejillas, sorpresivamente. Me dice “hemos pasado por mucho, pero lo viviste tan cándidamente que nunca te sentaste a decir “mmmm, esto podría ser abuso… no por acción violenta pero si por negligencia… eras muy chiquita y muy confiada para verlo”

Creo que “vivir una infancia feliz” es lo que nos adoctrinan para decir desde que somos chiquitas y, obviamente, es lo que terminamos repitiendo sin pararnos a cuestionarnos si eso será verdad. Tiene que ser verdad… ¿no? Digo, no crecí en una latitud donde tenía que rezar cada noche para que algún militar extranjero no tirara mi casa (pero si se me cayó el pelo de nervios), mi papá no me violó (pero si tengo un duelo por una sexualidad libre y bien vivida) y mi mamá no me quemaba con los cigarros que no fumaba (aunque sus palabras si podían herir de forma parecida, aunque no igual de evidente). Así que, básicamente, ante la ausencia de todos esos elementos … al parecer y según estándares sociales, viví lo que podemos clasificar como “infancia feliz”.

¿Qué necedad con hablar de felicidad? ¿Qué fijación tiene esta cultura con la felicidad? Es como si al llorar, al sufrir o al decir “no puedo” se te sumieran los ovarios o el cerebro o el corazón a un lugar inaccesible y peligroso, al que no hay que acercarse porque es peligroso. ¿por qué sería peligrosa mi propia historia? ¿mi propio cuerpo? ¿mi trauma, mi dolor, mi ansiedad? Son míos y si no los abrazo yo, nadie los abrazará por mi.

No, no tuve una infancia feliz. Ahora puedo decirlo sin pena o sin sentirme la hija mas desleal el mundo. Feliz, no. Mis papás tampoco lo fueron, ahora que construyo sus historias a partir de anécdotas de su infancia que me cuentan.

Fui una niña sumamente resiliente y mis cuidadores hicieron lo que sabían hacer, lo que otros padres y otros Padres (esos con sotana que no tienen hijos pero si tienen el descaro de “aconsejar” sobre lo que no viven) les dijeron que era lo correcto. Pero hay que ser honestas a la hora de contar nuestras historias y decir la verdad: lo que mis papás sabían hacer no fue suficiente.

La chiquitina que yo fui… inteligente, cuestionadora, noble y sensible, necesitaba más atención a sus fortalezas y menos castigo por algunas características insustanciales como su peso, la boca cerrada al comer o la cantidad de groserías que decía por minuto.

Así que, todo eso que no hubo es lo que estoy aprendiendo a regalarme a mi misma, porque si bien no soy la mejor hija del mundo, si seré la mejor cuidadora de mi propia persona. Es la promesa que me he hecho desde hace ya varios años.

Autora: Maya Luna, agosto 2020

Comments

  • Tania Zegarra
    agosto 24, 2020

    Qué increíble texto….me llevó hasta las lagrimas….recordé la historia de una amiga muy querida… que vivió una infancia muy similar.. tristemente ella ya no sigue acá para contarla pues su dolor fue más fuerte que ella…… Te abrazo Maya Luna y abrazo tu fortaleza, Gracias por compartir

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