Las teorías y políticas queer borran a las mujeres lesbianas

Por Anna Prats

Hace cincuenta años, las lesbianas fueron excluidas para hablar en las ponencias del Segundo Congreso para Unir a las Mujeres en Nueva York porque muchas feministas heterosexuales consideraban que las lesbianas eran una amenaza para el movimiento de liberación de las mujeres, como había dicho Betty Friedan apodándolas “Amenaza Lavanda”, una amenaza que sigue aún en el aire en el movimiento feminista. Pero desde hace décadas, además, las lesbianas volvemos a ser víctimas de un nuevo tipo de lesbomisoginia que proviene de las teorías académicas y que hoy en día son mainstream dentro del movimiento queer, para las que las lesbianas también somos una amenaza a eliminar.

Tal y como han venido explicando muchas teóricas feministas como Sheila Jeffreys en su libro Unpacking Queer Politics, las teorías y políticas queer surgieron como oposición a las teorías del feminismo radical lésbico, alcanzando la cumbre en lo que se conoce como “las guerras del sexo”. En estas “guerras”, las que se oponían al feminismo radical reclamaban y reivindicaban los juegos de roles de dominación y sumisión (tan criticados por las feministas radicales negras por ser profundamente racistas y misóginos), los roles butch-femme en relaciones de mujeres (tan analizados y criticados por las mujeres feministas lesbianas), la pornografía y la legalización de la prostitución, instituciones patriarcales que llevaban años siendo analizadas y que las feministas radicales querían abolir.

Uno de los choques más memorables entre las feministas pro-porno y anti-porno ocurrió en la Conferencia Barnard sobre Sexualidad en 1982. Las feministas radicales y lesbianas, debido a la base ideológica que desarrollaron como lesbianas feministas durante toda la década de los 70 y los 80, fueron (de nuevo) excluidas del comité de planificación de los eventos, por lo que organizaron mítines fuera de la conferencia para mostrar su desdén. Las miembras de WAP (Women Against Pornography) hicieron piquetes en la conferencia y entregaron folletos y propaganda, vistiendo camisetas con las palabras “Por una Sexualidad Feminista” en la parte de delante y “Contra el sadomasoquismo” en la parte de detrás.

Como explica Ochy Curiel, lesbiana del pensamiento decolonial, en la Conferencia anual del Barnard College de 1982, las mujeres que se oponían al análisis del feminismo radical lésbico –y desde un análisis neoliberal de la sexualidad– planteaban que el problema radicaba en la jerarquización de las sexualidades y que en ese sentido la heterosexualidad reproductiva y monógama estaba en la cúspide, mientras otras sexualidades eran discriminadas y condenadas. Entonces, mediante esta posición, se hacía urgente una alianza entre lo que ellas llamaron “minorías sexuales” que de una manera u otra subvertían la heterosexualidad. Esto reducía el lesbianismo a una sexualidad diferente, restando importancia al lesbianismo-feminista, que contenía una propuesta política de transformación a todos los niveles.

Pero el unirnos a todas y a todos en un movimiento de “sexualidades diversas” le es funcional al sistema patriarcal, ya que una sociedad puede ser medianamente tolerante y debido a ello no se plantea acabar con las opresiones de raíz. Le es funcional al sistema que una sociedad sea tolerante con unas cuantas “diversas”, desviadas, mientras no se planteen acabar con esa sociedad heterosexista de raíz, que nos educa a las mujeres para que cumplamos con los mandatos de la feminidad y formemos parte de las instituciones patriarcales que las feministas radicales y lesbianas querían abolir (la heterosexualidad obligatoria, el matrimonio, la maternidad obligatoria, la familia, el trabajo doméstico no remunerado, la carga exclusiva de los cuidados…).

Una de las bases en las que se asientan las teorías queer para proceder a este borrado de las lesbianas es la teórica Monique Wittig, reinterpretada por Judith Butler en su famoso ensayo El género en disputa. Wittig había afirmado que “las lesbianas no son mujeres”, porque para ella el sexo (ser mujer) era una construcción de la dominación patriarcal, proyectada en la dicotomía hombre/mujer y cuyo régimen es la heterosexualidad obligatoria. Así, las lesbianas serían fugitivas de su propia clase o grupo al no contribuir a servir a los varones emocional y sexualmente, además de contribuir a destruir simbólicamente las categorías de “hombres” y “mujeres”.

Wittig explicaba que había formas de salir individualmente de la clase de las mujeres. Pero la cosa no era tan simple como salir individualmente de la clase de las mujeres, ya que también existe la apropiación colectiva, lo que implica que las lesbianas, monjas, prostitutas o mujeres solteras seguían en la apropiación colectiva del régimen heterosexual. Wittig insistió mucho en que también había que librarse de la apropiación colectiva, y por tanto, era imprescindible una lucha colectiva para destruir de raíz la ideología heterosexual y las relaciones sociales de sexo patriarcales basadas en la heterosexualidad.

Sin embargo, es común en el movimiento queer actual y en muchos países del mundo ver carteles que hacen llamamientos a manifestaciones o a asambleas a “mujeres, lesbianas y trans”, como si la misma palabra mujer significase lo que el patriarcado ha programado para nosotras (heterosexualidad, género femenino, etc.) y las lesbianas ya no fuesen mujeres. La propia Louise Turcotte, compañera de Wittig y prologuista de su ensayo, explica: “no se trata de reemplazar «mujer» por «lesbiana», sino de utilizar nuestra posición estratégica para destruir el sistema heterosexual”.

Si el sexo se puede autodeterminar porque ya no existe, es decir, si nuestra existencia no está ya sexuada, sino únicamente “generizada”, se nos borra cualquier resistencia a los mandatos patriarcales desde nuestros cuerpos sexuados de mujer. Y esto es lo que está sucediendo con muchas adolescentes y chicas lesbianas, imbuidas por toda esta teoría: si no sigues los mandatos de género, si te sales de la institución heterosexual, será que “no eres una mujer”, sino un hombre. Por este motivo, en los últimos años, suponen casi el 80% de las pacientes de las “clínicas de género”, según datos de Reino Unido, lo que supone un aumento del 1500% de niñas adolescentes diagnosticadas con “disforia de género” entre 2008 y 2018. Cabría esperar que las niñas y adolescentes, oprimidas por el género que se nos impone desde que nacemos, no se sientan a gusto bajo esos roles y mandatos, además de odiar sus cuerpos bajo una sociedad que sigue siendo profundamente misógina, y parece que ahora la única posición de “resistencia” que se les presenta es la de transicionar al sexo masculino, tomar bloqueadores hormonales, testosterona y/o realizarse una mastectomía.

De la misma forma, si una persona asume los roles, la expresión y el aspecto socialmente asociado dentro del patriarcado a las mujeres, entonces será una mujer, debido a que el sexo ya no existe para ellos/as y solo existe el género (o géneros), que ya no es una jerarquía de casta sexual para oprimir a las mujeres, como habían analizado las teóricas feministas, sino algo performático, ilimitado e individual.

Con el proyecto de ley que el partido político Podemos quiere aprobar en España aprovechando las fechas del “Orgullo”, cualquier hombre podría autodeclararse mujer y lesbiana sin pasar por ningún trámite de ningún tipo, y acceder a todos los (pocos) espacios reservados para mujeres lesbianas que quedan, además de al resto de espacios reservados para las mujeres, creados sobre la base de que las mujeres sufrimos una opresión y tenemos derecho a tener espacios separados y seguros. Al borrarse la diferencia sexual y quedar reducida a la autodeterminación, también queda excluida la posibilidad de seguir analizando el patriarcado en base a datos estadísticos sobre violencias divididos por sexo, donde se ve claro que la violencia tiene género (y sexo).

Además, en el activismo queer de los últimos años también se ha hablado mucho de lo que se conoce como “cotton ceiling” (techo de algodón) que, imitando la expresión del feminismo liberal de “techo de cristal”, que impide a las mujeres a acceder a los altos cargos directivos, este impediría a las “mujeres trans lesbianas” traspasar la ropa interior (de algodón) de las mujeres lesbianas. Esto representa el súmmum de la lógica de querer acceder a los espacios reservados a las mujeres, queriendo “romper” el último reducto donde el sexo masculino no está invitado, que son las relaciones lésbicas, llegando a acusar a las lesbianas de “coñofílicas”, “TERFs” y “transfóbicas” por no querer tener relaciones sexuales con personas de sexo masculino y, por otro lado, presionando a muchas adolescentes y jóvenes lesbianas en las comunidades queer, que acaban cediendo por miedo a que sean acusadas públicamente de ser tránsfobas por ser lesbianas. Está en las manos del movimiento feminista, de las mujeres, parar estas leyes alrededor del mundo, ya que suponen un golpe brutal a las políticas feministas y, de nuevo, suponen un abandono y una invisibilización de las voces de las mujeres lesbianas feministas, que están siendo activamente atacadas, silenciadas y tergiversadas por el activismo queer.

Comments

  • Ivonne
    julio 1, 2020

    Anna! Mil gracias por tus palabras, me encanta empaparme de conocimientos que compartes. Eres la mejor, te abrazo desde México.

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